Cambio climático e inmutabilidad de discurso

Cambio climático e inmutabilidad de discurso

Por Gustavo Dessal

En algún lugar de su seminario La ética del psicoanálisis Lacan asegura que el hombre moderno ha perdido el sentido de la tragedia. Ello implica que ha dejado de concebir una distancia entre su facticidad y las posibilidades de realización de sus sueños, incluso de sus consecuencias. El hombre moderno ha encarnado la muerte de Dios para situar en su lugar a la Ciencia. Ello no sólo no ha erradicado la tragedia del orden del mundo, sino que la ha multiplicado bajo la forma de un desorden que nos empuja hacia el precipicio de lo real.

El cambio climático, el drama al que los psicoanalistas hemos despertado demasiado tarde (pese a disponer supuestamente de los instrumentos teóricos y clínicos para advertirlo y sumar nuestra voz), ha dejado de ser una simple amenaza futura para convertirse en la posibilidad actual del último acto en la historia humana. No sólo hemos perdido el sentido de la tragedia, sino también nuestra vivencia de lo sagrado. El discurso capitalista hizo efectiva la destrucción de toda manifestación de lo sagrado, al proceder mediante la forclusión de cualquier límite a la obtención de una plusvalía, lo cual nos retorna como catástrofe en lo real.

No sabemos si alguna vez hubo un modo menos tanático de habitar el mundo. A juzgar por los estudios de las formas primitivas de organización social, y los vestigios que de ellas subsisten en ciertas regiones donde las culturas indígenas aún no han sido completamente devastadas, existieron estructuras narrativas míticas que posibilitaron una convivencia más respetuosa entre el ser hablante y la naturaleza, a pesar de que la lengua ha desterrado al hombre fuera de todo entorno instintivo. Al sacralizar su relación con la Tierra, los seres hablantes encontraron un camino fantasmático de retorno al mundo circundante, permitiendo un equilibrio que durante miles de años hizo de lo

simbólico una defensa contra lo real. Totem y tabú fue el mito que Freud construyó para discernir la metapsicología del sujeto deudor de la ley paterna y sumiso a la dimensión de lo sagrado. En su obra colosal El malestar en la cultura, cuya vigencia es el testimonio de la visión premonitoria de Freud, se van abriendo paso los efectos de la pulsión de muerte en el lazo social y la anticipación del mal absoluto.

Es fundamental insistir una y otra vez en el factor de racismo que forma parte de esta crisis. Regiones como Micronesia son las que más están padeciendo, y a la vez su existencia es prácticamente ignorada por el capitalismo del Primer Mundo. Sabemos de los incendios que consumen California y Australia, pero la prensa internacional no se hace eco de la tragedia en regiones de tercera categoría en el escalafón racial. Julian Aguon es profesor de la Universidad de Guam y activista que desarrolla una importante labor en la difusión del drama climático en Micronesia. En una conmovedora columna publicada en The Atlantic Aguon relata la conversación de una noche con Larry [1] Raigetal, un experto navegante indígena nacido en Lamotrek, isla situada al este de Yap, en la Federación de Naciones de Micronesia. Raigetal usa sus manos para dividir el cielo estrellado y convertirlo en una brújula compuesta por 32 puntos cardinales. Su trazado imaginario en el cielo es el sedimento de un saber sobre el arte de la navegación, transmitida durante miles de años, y que no ha requerido de la ayuda de ningún instrumento técnico. En su conferencia del 30 de marzo de 1974 dictada en el Centro Cultural Francés en Milán , Lacan hace mención ya entonces a una invasión de lo real [2] que vuelve “extremadamente incómoda” la vida debido a una multiplicación insoportable de ese real provocado por la expansión de la ciencia. Ese real se mantuvo en su sitio mientras el hombre lo buscó en la fijeza del cielo, en ese retorno al mismo lugar que durante milenios supuso la relación del ser hablante con lo real. Cuando a partir de

Descartes y Galileo se cayó en la cuenta de que podía hacerse descender lo real a la Tierra, se logró la fabricación de dispositivos técnicos que comenzaron a saturar la vida al punto de aplastarla, de tornarla irrespirable.

La experiencia acumulada de innumerables navegantes, explica el profesor Aguon, es un repositorio de huellas y marcas simbólicas transmitidas de generación en generación. “Un depósito vivo de magistrales detalles específicos sobre los oleajes, las corrientes eólicas, los arrecifes, los bancos de arena en las aguas poco profundas, y otras señales marinas que incluyen a los seres vivos: grupos de ballenas, tiburones, pájaros marinos”. Todo ese asombroso conjunto de elementos ha constituido un saber sobre lo que en inglés se denomina “Wayfinding”, la preparación y programación de la ruta para emprender un viaje, y que Raigetal lo “diseña” en su brújula imaginaria trazada en el cielo. El cambio climático, directamente vinculado a la ferocidad mercantil globalizada, no solo afecta al conjunto del ecosistema vital, sino que arrastra consigo la transmisión de un saber, esa forma de herencia significante que Freud estudió a propósito de sus tesis sobre Moisés y el Monoteísmo. Esa herencia simbólica escrita con las marcas de la lengua, está siendo interrumpida. Eso implica la destrucción de los lazos sociales comunitarios, la desterritorialización, el aislamiento. En suma, una forma lenta pero inexorable de genocidio. El ejemplo de las reservas de los indígenas norteamericanos, convertidas en guetos que albergan casinos y venta de licores, ha incrementado los niveles de máxima destrucción por alcoholismo, pobreza, falta de escolarización y desnutrición, convirtiendo a esta minoría en aquella que posee la menor esperanza de vida de todo el territorio estadounidense.

No obstante, y a pesar del profundo respeto que me inspiran las luchas actuales de los movimientos indígenas y sus legítimas reivindicaciones, no querría inducir la posibilidad de un retorno romántico a un Edén perdido, al “sentimiento oceánico” reivindicado por Romain Rolland y que Freud, por respeto a su interlocutor, se limitaba a

decir que jamás lo había experimentado. Descreo del pensamiento de una emancipación basada en el mito del retorno a la Naturaleza. Soy extremadamente pesimista en la medida en que nos basta la verdad que solo puede decirse a medias para saber que la batalla ecológica ya está perdida, lo cual no significa que habremos de rendirnos sin antes dejar constancia de cómo hemos llegado al borde de este abismo.

El psicoanálisis no puede ofrecer una salida ni una solución, ni siquiera un paliativo, a la agonía de la Tierra, pero sí puede al menos arrojar alguna luz sobre la tiniebla de la sociedad de la información, una enfermedad que ha contribuido en buena medida a esta tragedia en la que nos hallamos inmersos. Porque esa tragedia se ha producido con el concurso de todas las fuerzas políticas que están en juego, lo que significa que en distintas proporciones el conjunto de las partes implicadas han aportado algo a la espantosa complicidad entre el capitalismo extractivo en su incestuosa transgresión de cualquier límite, y las secretas puertas del goce que el sujeto del inconsciente ha abierto de par en par.

Los seres hablantes nos hemos convertido en los máximos generadores de detritus en la tierra, las aguas y los cielos. La basura espacial que hemos diseminado es tan inconmensurable que su proliferación produce interferencias en las observaciones astrofísicas. Sin embargo, y pese a este rasgo contaminante que es propio de la estructura del parlêtre, el paradigma del capitalismo en su modalidad extractiva ha generado una grieta sin precedentes. El 1% de la población que habita en los países más ricos es responsable en el último siglo de una emisión de dióxido de carbono que duplica el generado por la mitad de los habitantes que viven en los países más pobres. La crisis climática no es un fallo en la presunta línea ascendente del progreso, sino que forma parte de su programa, y allí reside una parte fundamental del problema, que ensombrece las esperanzas de resolución. Como lo ha desarrollado Lacan en su seminario La ética

del psicoanálisis y su escrito “Kant con Sade” , el lazo del ser hablante con el bien [3] demuestra la perversión sadiana incluida en la universalidad del modelo científico postulado por Kant. El discurso científico-técnico que incluso antes de cobrar el sentido moderno era un modo privilegiado del logos como aproximación a lo real (pese a su carga fantasmática que claramente se aprecia, por ejemplo, en la Física de Aristóteles), ¿ha sido lo que nos ha alienado de una relación distinta, más “ecofriendly” con la vida, una relación que nos habría preservado de esta catástrofe que hoy manifiesta sus síntomas con una intensidad apocalíptica, o forma parte de un ciclo, del final de nuestra especie regida por la acción oscura y silenciosa de la pulsión de muerte? ¿Hasta qué punto lo simbólico no nos ha desterrado desde el comienzo de cualquier armonía con la vida? ¿Acaso no será la Naturaleza, esa naturaleza cuya destrucción ejercemos y padecemos, una construcción ficcional? No deja de ser tentador preguntarse por la relación entre la Madre Tierra, como suele denominarse a esa ficción desde los orígenes de la cultura, y la tesis de Lacan sobre “la Cosa” (“das Ding”) que habita en el fantasma de la relación entre el sujeto y el Otro materno primordial.

Por supuesto, la degradación de la vida ecológica que nos conduce hasta el fin, el envenenamiento y la desertificación, son hechos reales en su sentido fáctico. Mis preguntas van en la dirección de si todo esto podría no haber sucedido. Si hay, por debajo del discurso del amo neoliberal al que estamos sometidos, otras voces que fueron aplastadas, silenciadas, amordazadas, otro saber estar en el mundo que nos habría conducido a un destino diferente, un destino en el que habríamos podido alojarnos en la dimensión de la vida, y no en la de este encaminamiento hacia el abismo del ser.

La dificultad para responder se debe a que el parlêtre, el que por la letra se instituye en lo vivo del cuerpo, no posee un Umwelt, un entorno que le sea connatural, a diferencia del resto de los seres vivientes. El hombre habita en un mundo de marcas

significantes que pueblan la anterioridad de su existencia, y en él, en ese mundo, nunca está en su casa. El ser del hombre siempre está Un-heim, fuera de su casa, es decir, desterrado. El logos, la racionalidad, es el resultado de una elección forzada a la que solo unos pocos pueden oponerse con la fuerza de una decisión insondable. El ser hablante ha estado preparado, programado, para un destino que le aguardaba hasta que ciertas circunstancias históricas emplazaron el logos como visión hegemónica del ser. El discurso científico-técnico no es la desviación de una relación telúrica del ser con la Tierra, sino -al menos según lo que el psicoanálisis nos ha enseñado- la afirmación de la pulsión de muerte como silenciosa conductora de las relaciones con nuestros semejantes, con el horror cósmico, y fundamentalmente con nosotros mismos. Ninguna otra especie conoce el suicidio, ni la depredación de su hábitat. Ninguna otra especie ha hecho de la degradación de las condiciones de supervivencia una modalidad de goce. El psicoanálisis logra dar cuenta de algunos mecanismos por los cuales das Lebensnot, la necesidad de la vida, constituye la pérdida originaria de aquello que no cesa de escribirse, la fijeza instintiva que retorna en el goce como tal, el goce que no posee una medida, que se despliega en su insaciable desmesura.

El sistema productivo salvaje y depredador no ha atrapado al ser hablante por una contingencia. Constituye el correlato lógico de los cuerpos atravesados por un goce que se ha extraviado del goce fálico, del símbolo de Eros. Es cierto que, al mismo tiempo, la desnaturalización producida por lo real de lo simbólico en los cuerpos no ha impedido una reparación mítico-narrativa de la relación entre el hombre y los significantes del mundo físico. Eso permitió un equilibrio que aún subsiste en ciertos lugares del planeta, pero que está gravemente amenazado por la globalización financiera que corroe, fragmenta, pulveriza los canales de distribución y transmisión de otros saberes, los que no abrevan del discurso científico-técnico. Más allá de las indiscutibles conquistas logradas a partir de la ciencia aplicada, su fagocitación por la poderosa mandíbula del mercado y su alianza con las nuevas tecnologías de explotación ha supuesto un trauma de proporciones colosales. Se trata de la conjunción de un acontecimiento que proviene de la externalidad socioeconómica, pero que en su exceso conmueve la raíz de los aparatos del goce, aquellos con los que abordamos lo real. La solución, si acaso el tiempo no se ha agotado ya definitiva e irreversiblemente, no se vislumbra a partir de las utopías del neohumanismo ni los cambios tangibles en materia de nuevas formas de energía, que diariamente revelan su daño colateral. Más allá de los enormes e improbables acuerdos políticos que deberían sostener en todo su alcance una transformación del actual paradigma y desviar su precipitación letal, la mayor complejidad parte de la inexistencia de una reconfiguración narrativa, un obra colectiva capaz de crear un nuevo relato, una re-escritura mitográfica que logre interceder de otro modo y crear distintas condiciones de ser en el mundo. El psicoanálisis, que como dijimos posee los recursos teóricos y clínicos para producir una mutación de semejante calado en el plano de los sujetos uno por uno, no tiene la capacidad de generar una acción que movilice cambios a gran escala. Dicha imposibilidad no debe desalentarnos ni empujarnos a una rendición, sino que debemos convertirla en un estímulo que se sume a la conciencia ética que crece, alimentada por el reconocimiento mundial de que es preciso plantar batalla.

Lacan definió la reacción terapéutica negativa como la demostración de que la vida no quiere curarse. A pesar de ello, el psicoanálisis no dimite ante el desafío de una cura.


NOTAS

  1. https://www.theatlantic.com/culture/archive/2021/11/oceania-pacific-climate-change-stories/ 1620570/
  2. https://ecole-lacanienne.net/wp-content/uploads/2016/04/30-03-1974.pdf
  3. Lacan, J.: 1963, en Escritos. RBA Ediciones, 2006
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